¿Debemos olvidarnos de una educación y una salud públicas dignas en Chile? La mitad de los chilenos que votan ha dicho que esos temas no le urgen y me temo que, si aún no le urgen, no le urgirán jamás.
¿Debemos hacernos a la idea de que las condiciones laborales de los chilenos vayan empeorando? ¿Que las muchas horas de trabajo vayan aumentando, que los derechos vayan disminuyendo, los contratos “flexibilizándose” y los sueldos mermándose? La mitad de los chilenos ha dicho que los empresarios y el Estado son aún demasiado benévolos con el trabajador. Que es necesario dinamizar la economía y que los trabajadores estamos dispuestos a trabajar más y peor para que haya más y mejores millonarios.
¿Debemos ir acostumbrándonos a que los recursos naturales del país, sus bosques, el mar, los lagos, vayan despoblándose de fauna, de flora, y vayan adquiriendo el olor a pellet para salmones, o a cualquier otro negocio rentable a corto plazo? La mitad de los chilenos cree que la mentalidad empresarial nacional, la misma que está generando la debacle ecológica del sur, es la adecuada para gobernar todo el país.
El futuro gobierno de derecha no plantea nuevas preguntas sino que hiere de muerte las mismas que dormían en esa tensión abierta que ofrecía la Concertación. Esa tensión abierta era la promesa de una evolución no sólo material sino también moral que encarnó la coalición y que no quiso cumplir.
A la luz de esa promesa llevamos veinte años encandilados, por ello en parte nos hemos librado de un encantamiento y por otra hemos vuelto a la realidad y la desazón.






