lunes 18 de enero de 2010

Fin del encantamiento


¿Debemos olvidarnos de una educación y una salud públicas dignas en Chile? La mitad de los chilenos que votan ha dicho que esos temas no le urgen y me temo que, si aún no le urgen, no le urgirán jamás.

¿Debemos hacernos a la idea de que las condiciones laborales de los chilenos vayan empeorando? ¿Que las muchas horas de trabajo vayan aumentando, que los derechos vayan disminuyendo, los contratos “flexibilizándose” y los sueldos mermándose? La mitad de los chilenos ha dicho que los empresarios y el Estado son aún demasiado benévolos con el trabajador. Que es necesario dinamizar la economía y que los trabajadores estamos dispuestos a trabajar más y peor para que haya más y mejores millonarios.

¿Debemos ir acostumbrándonos a que los recursos naturales del país, sus bosques, el mar, los lagos, vayan despoblándose de fauna, de flora, y vayan adquiriendo el olor a pellet para salmones, o a cualquier otro negocio rentable a corto plazo? La mitad de los chilenos cree que la mentalidad empresarial nacional, la misma que está generando la debacle ecológica del sur, es la adecuada para gobernar todo el país.

El futuro gobierno de derecha no plantea nuevas preguntas sino que hiere de muerte las mismas que dormían en esa tensión abierta que ofrecía la Concertación. Esa tensión abierta era la promesa de una evolución no sólo material sino también moral que encarnó la coalición y que no quiso cumplir.

A la luz de esa promesa llevamos veinte años encandilados, por ello en parte nos hemos librado de un encantamiento y por otra hemos vuelto a la realidad y la desazón.

martes 5 de enero de 2010

García Lorca no estaba allí


Los restos de otros seis fusilados el mismo día tampoco estaban donde se supuso durante tanto tiempo: las máquinas se toparon con una roca enorme bajo la cual no podía haberse cavado una fosa común. El dato del lugar se había transmitido oralmente; no existen documentos que certifiquen dónde fue enterrado el poeta. Hoy ese lugar está oficialmente dentro del parque Federico García Lorca.

La familia hizo todo lo posible para que no se removieran los restos del dramaturgo. Y corren los rumores acerca de que miembros de la propia familia estuvieron involucrados en su muerte o que hay intereses económicos comprometidos y que les convendría mantener viva la idea de que sus restos yacen en un sitio determinado. Pero de lo que no cabe duda es de que están en su derecho al negarse, aunque a muchos nos parezca que García Lorca no es propiedad de su familia sino que su memoria se ha convertido en patrimonio cultural de la nación.

La ley de Memoria Histórica impulsada por Zapatero tiene, como es de suponer, a la derecha en contra. Rajoy y Aznar se empeñan en denunciar que la aplicación de dicha ley, que tiene entre otros objetivos el encontrar los restos de las víctimas de la guerra civil y el franquismo, removerá heridas del pasado y despertará viejos odios. Y tienen razón. Una de las primeras medidas fue obligar a las iglesias a retirar todos los símbolos franquistas (placas conmemorativas, estatuas) si no querían dejar de recibir fondos del Estado. Los ayuntamientos tuvieron órdenes de quitar bustos del Generalísimo de plazas y de cambiar los nombres de algunas calles. No tardaron en salir “grupúsculos” falangistas con sus brazos estirados cantando el “Cara al sol” y defendiendo lo indefendible.

Si para algo sirve hacer memoria de una tragedia es para depurar heridas infectadas, operación que, sin tratarse de una venganza, en ningún caso traerá paz y amor sino resentimiento, ira e impotencia. Entonces la pregunta que hace eco es ¿por qué seguir buscando no sólo al poeta sino a todos los fusilados y desaparecidos de Franco? ¿Debe el Estado seguir invirtiendo dinero en la búsqueda de miles de personas desaparecidas hace setenta años, de los cuales hasta los hijos, si no son ancianos, han fallecido?

Tengo la impresión, dado el diálogo sordo que genera el tema en España, que esa búsqueda ni siquiera sería ya un acto de justicia sino la triste constatación de que en cualquier momento puede ocurrir una matanza similar y que todo lo que podamos hacer por evitarlo es poco.


Dice Arseni Roginski, un activista ruso miembro de Memorial, organización dedicada a mantener vivo el recuerdo de los crímenes soviéticos en Rusia, que gran parte de la mentalidad estalinista sigue viva en el pueblo ruso y en sus gobernantes, y que la tarea de Memorial por hacer más democrática a la sociedad rusa es interminable.

Pese a la futilidad aparente de un acto como remover los restos y darles cristiana sepultura después de tantos años, es innegable el valor del rito en la cultura para abrir y cerrar procesos. Parece que generar símbolos da fluidez a la vida social, y también individual. Crea la sensación aunque sea ilusoria, de avance o de retroceso pero una movilidad que sanea las relaciones. Airear la cultura, la mentalidad de una sociedad, es suficiente motivo para resolver las dudas frente a la memoria histórica, sin embargo, no deja de ser sólo una entelequia para quienes no hemos padecido una guerra civil.

martes 8 de septiembre de 2009

Hay que echarle la culpa a alguien

Hay que echarle la culpa a alguien. Ese alguien tiene que tener una buena razón para hacer algo así. Lo mismo que con una acción abominable, hemos de buscar causas para este efecto. En el caso de El Anticristo de Lars Von Trier, él mismo lo puso en bandeja. Dijo: vengo saliendo de una depresión y me he purgado a través de esta película. Ya hay culpable, ya hay razón para esta locura. Pero después de ver la película del director danés necesitas otra cosa más. A lo mejor venganza.
El crimen lo comete de este modo: Una pareja sufre la muerte de su hijo pequeño tras caer desde una ventana, mientras éstos follaban en la habitación contigua. Desatado el drama comienza el luto y con ello la descomposición de la pareja y de cada uno, hasta el extremo colérico y exagerado de la inmolación, la tortura y el asesinato. Todo, en un clima maestralmente configurado como una pesadilla, donde la naturaleza es representada como un frío ente ubicuo, ya no sólo indiferente al dolor humano y a sus escalas de valores, sino abocado a que el ser humano admita su condición frágil, incoherente y por tanto, animal.
Aquí forma y contenido quieren ser un mito o más bien la actualización del mito de Adán y Eva, donde la culpa no es más que un detonante, no la causa, no el efecto, sino la señal de un equívoco supremo en el que el bien y el mal son auténticos cazabobos. El feminismo como una venganza, la naturaleza como depredadora, la moral como un error.
En El Anticristo de Nietzsche éste dice que la Iglesia Católica invirtió los valores del cristianismo propuestos por Jesús mediante lo que llama la transvaloración o proceso mediante el cual una doctrina se convierte en el contrario de lo que proclama. A modo de grueso ejemplo: mientras Jesús proclamó el amor, la Iglesia persiguió y aniquiló todo lo que considerase contrario a su poder en la tierra. Nietzsche tenía la esperanza puesta en el personaje, Cristo, que encarnó al superhombre. Y fue aún más allá: denunció el corrupto nacimiento del cristianismo como una venganza contra el Imperio Romano. El apóstol Pablo habría puesto en marcha una maquinaria perversa desde su origen, por ello, Nietzsche afirma que el único cristiano ha sido el propio Jesús.
No sólo el nombre tienen en común las creaciones de Nietzsche y de Lars Von Trier. Ambas proponen una nueva lectura de uno de los mitos fundacionales de la cultura occidental. En ambas el ser humano acaba siendo depredador de sí mismo y en ambas la sospecha y la desconfianza hacia el propio ser humano pretenden agredir el antropocentrismo que desde el Renacimiento se ha impuesto como la perspectiva que ordena el mundo en Occidente.
La potencia de las imágenes de El Anticristo de Von Trier hace que se proyecten en el tiempo y continúen girando. Una de ellas me produjo una sensación especial, como de haber presenciado una escena antes vivida en un sueño. Tan ambigüa que pese a su crudeza contiene un toque insoslayable de sarcasmo que me produjo una risa rápida y fugaz y se deshizo igual que llegó. Un zorro yace oculto en la hierba y al ser descubierto por el protagonista devorando sus propias entrañas, dice con voz de ultratumba: 'EL CAOS REINA'.

miércoles 10 de junio de 2009

De príncipe a cucaracha

Habrá estado haciendo como que trabajaba porque lo único que tendría en mente sería el almuerzo, las carreras de caballos o algún negocio que tuviera entre manos con el cual demostraría a su familia que sí, que de verdad era valiente.
O a lo mejor no.

A lo mejor, sin ser un trabajólico, lo único que querría sería acabar con el informe aquel y preparar la reunión de la tarde para recordarse a sí mismo que es un valiente.
A lo mejor ninguna de las anteriores.

Tal vez estaba esperando aquel día con tanto horror que cuando golpearon la puerta y vió esos rostros enfurecidos con fotos de Víctor Jara en las manos gritándole asesino, se perdió en el instinto y no supo cómo su cuerpo expresó lo que en lo más hondo pensaba de sí mismo.

“El Príncipe”, como le apodaron sus propias víctimas del Estadio Chile el año ’73 por la soberbia con la que se dirigía a ellos, no parece ser empujado ni golpeado por el grupo de activistas, al menos no en lo que dura la escena en el documental catalán. Sus sinceras piernas lo hicieron retroceder ante la sensación de acorralamiento y, naturalmente, su espalda se pozó sobre el escritorio que tenía justo detrás. Entonces brazos y piernas se sacudieron como si fueran seis u ocho en todas direcciones, aunque cada vez más lento. Su voz repitió constantemente la misma frase que al cabo de unos segundos se vuelve un zumbido histérico.
En cualquier momento una gran suela vendría a reventarlo contra la madera del escritorio que también cedería ante el peso extraordinario del zapato gigante. Tal vez eso quería.

La rabia de los presentes debe haberse duplicado o la compasión los debe haber pasmado: tenían delante al torturador de Víctor Jara, pero también a uno que distaba mucho de estar a la altura de quien alguna vez tuvo en sus manos la vida de un poeta. Lo que tenían delante renegaba de su condición de ser humano y admitía, a zumbidos, estar más cerca de ser insecto.

Luego de cerrar la puerta y salvarse del aplastamiento, acompañado por ese guardia o compañero de oficina, se habrá sentado, habrá bebido agua, se habrá dedicado en cuerpo y alma a recomponer al valiente.

Esa noche, sentado a la mesa, el plato de sopa le habrá sabido a percolado.

lunes 18 de mayo de 2009

Sr. Benedetti:


Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.



Fue intenso; duró poco. Algo queda: un estoicismo, una especie de moral como un castillo en ruinas. Un castillo hecho con claras de huevo. Usted sabe, por eso aún está ahí: usted me ayudó a construirlo. Trajo un puzzle ya armado que era el plano de un castillo formidable. Me enseñó la mezcla, el orden, la disciplina sentimental: había que querer queriendo, había que creer queriendo. No había que saber. Ya sabrían otros.

Pero fue inevitable saber que somos bestias. Que somos animales adiestrados para ciertas tareas (entre otras, el querer) y que hay un mecanismo en forma de espiral que tuerce todos los intentos por verlo todo rojo o todo azul o todo negro. Y el prejuicio, Benedetti. Tiene razón en eso: sus palabras ya formaban parte de un conflicto que quiero olvidar, un guerra que necesitaba acabar para empezar otra, tal vez la misma con otro nombre.

Usted fue el profesor entrañable que reñía y hablaba de amor con la misma ternura, con el mismo tono, con tan similar estilo, que a esa edad prematura era posible confundirlo todo con el amor, incluso el odio, la apatía, el aburrimiento. “Los por qué crecen”; eso, si lo dijo, habrá sido tan bajito que no se lo escuché.

Aunque en ruinas, ahí está el castillo. A él vuelvo de noche y sueño que usted me cuenta cuentos y a sus espaldas nos veo a todos nosotros ya ancianos contándoles historias a otros que somos nosotros mismos en la multiplicación infinita de nuestra necesidad más básica.

La compasión por los personajes, eso también es clara de huevo. Compasión por nosotros mismos, por nuestra inapelable derrota, por nuestros triunfos. Ese sentimiento tan cristiano, Benedetti, usted me lo enseñó de nuevo y lo aprehendí para no vivir pegado a la miseria.

Una última cosita y ya lo dejo en paz: créame que a veces usted me asusta en la oscuridad y que me hago el valiente cuando le repito lo mismo con voz temblorosa: Ya no comulgo, Benedetti.

miércoles 13 de mayo de 2009

¡Al carajo la electrónica!


Según algunos medios de prensa se trata de un nuevo “descubrimiento” estilo Buena Vista Social Club. Es decir, un productor se percata de que en ciertos artistas hay un producto con grandes posibilidades de éxito, los adecúa al mercado, fotos por allí, documental por allá, disco y tenemos a Staff Benda Bilili. Unos fantasmas que siempre han estado allí, pero que hoy son invocados por un medium: el productor belga Vincent Kenis, que ya antes descubrió confundidos con la miseria de El Congo, a Konono Nº1 y Kassai Allstars.

Congoleños, pobres y parapléjicos producto de la polio, los integrantes de esta banda llevan años haciendo música y ayudando a los niños de las calles de Kinshasa enseñándoles el arte de la música y apadrinándolos. Uno de éstos niños se inventó una especie de guitarra con una lata de leche en polvo, un tubo de plástico y un alambre. El sonido que le saca parece de otro planeta.

Los Staff Benda se mueven en bicicletas hechas por ellos mismos que parecen salidas de una obra de la Royale de Lux (¿o es la compañía de teatro la que se ha inspirado en ellos?), verdaderas Harley-Davidsons caseras.

Rumba congoleña, ritmos cubanos y jamaicanos, funk: de los instrumentos raídos y desgastados de la Staff Benda Bilili suena toda la gama del compás africano, recordándonos de dónde viene casi toda la música popular que hoy escuchamos.

El disco se llama Trés trés fort.

Provecho y ¡al carajo la electrónica!



miércoles 29 de abril de 2009

Nietzsche aquijotado

Si bien es cierto que es de la vida, de la experiencia humana, de lo que se alimenta la literatura, no es menos cierto que también sucede al revés. Y a veces generando efectos de gran trascendencia para la humanidad.

Ricardo Piglia narra en su libro Formas breves un descubrimiento muy sabroso que dice haber hecho, a propósito de una escena de la vida de Nietzsche que se considera el punto de inflexión de la historia de la filosofía occidental.

Dice Piglia:

Nietzsche al ver cómo un cochero castigaba brutalmente a un caballo caído se abraza llorando al cuello del animal y lo besa. Fue en Turín, el 3 de enero de 1888, y esa fecha marca, en un sentido, el fin de la filosofía: con ese hecho empieza la llamada locura de Nietzsche que, como el suicidio de Sócrates, es un
acontecimiento inolvidable en la historia de la razón occidental. Lo increíble
es que la escena es una repetición literal de un situación de Crimen y Castigo
de Dostoievski (capítulo 5 de la I parte) en la que Raskólnikov sueña con unos
campesinos borrachos que golpean un caballo hasta matarlo. Dominado por la
compasión, Raskólnikov se abraza al cuello del animal caído y lo besa. Nadie
parece haber reparado en el bovarismo de Nietzsche que repite una escena leída.
(La Teoría del Eterno Retorno puede ser vista como una descripción del efecto de
memoria falsa que produce la literatura).
¿Cuántos hechos desicivos en la historia humana han sido producto de desiciones inspiradas en ficciones? ¿Qué guerras? ¿Cuáles leyes?

Dicen que la era nazi en Alemania fue producto de mentes educadas, cultas, leídas.

Que grande es Cervantes.