martes 8 de septiembre de 2009

Hay que echarle la culpa a alguien

Hay que echarle la culpa a alguien. Ese alguien tiene que tener una buena razón para hacer algo así. Lo mismo que con una acción abominable, hemos de buscar causas para este efecto. En el caso de El Anticristo de Lars Von Trier, él mismo lo puso en bandeja. Dijo: vengo saliendo de una depresión y me he purgado a través de esta película. Ya hay culpable, ya hay razón para esta locura. Pero después de ver la película del director danés necesitas otra cosa más. A lo mejor venganza.
El crimen lo comete de este modo: Una pareja sufre la muerte de su hijo pequeño tras caer desde una ventana, mientras éstos follaban en la habitación contigua. Desatado el drama comienza el luto y con ello la descomposición de la pareja y de cada uno, hasta el extremo colérico y exagerado de la inmolación, la tortura y el asesinato. Todo, en un clima maestralmente configurado como una pesadilla, donde la naturaleza es representada como un frío ente ubicuo, ya no sólo indiferente al dolor humano y a sus escalas de valores, sino abocado a que el ser humano admita su condición frágil, incoherente y por tanto, animal.
Aquí forma y contenido quieren ser un mito o más bien la actualización del mito de Adán y Eva, donde la culpa no es más que un detonante, no la causa, no el efecto, sino la señal de un equívoco supremo en el que el bien y el mal son auténticos cazabobos. El feminismo como una venganza, la naturaleza como depredadora, la moral como un error.
En El Anticristo de Nietzsche éste dice que la Iglesia Católica invirtió los valores del cristianismo propuestos por Jesús mediante lo que llama la transvaloración o proceso mediante el cual una doctrina se convierte en el contrario de lo que proclama. A modo de grueso ejemplo: mientras Jesús proclamó el amor, la Iglesia persiguió y aniquiló todo lo que considerase contrario a su poder en la tierra. Nietzsche tenía la esperanza puesta en el personaje, Cristo, que encarnó al superhombre. Y fue aún más allá: denunció el corrupto nacimiento del cristianismo como una venganza contra el Imperio Romano. El apóstol Pablo habría puesto en marcha una maquinaria perversa desde su origen, por ello, Nietzsche afirma que el único cristiano ha sido el propio Jesús.
No sólo el nombre tienen en común las creaciones de Nietzsche y de Lars Von Trier. Ambas proponen una nueva lectura de uno de los mitos fundacionales de la cultura occidental. En ambas el ser humano acaba siendo depredador de sí mismo y en ambas la sospecha y la desconfianza hacia el propio ser humano pretenden agredir el antropocentrismo que desde el Renacimiento se ha impuesto como la perspectiva que ordena el mundo en Occidente.
La potencia de las imágenes de El Anticristo de Von Trier hace que se proyecten en el tiempo y continúen girando. Una de ellas me produjo una sensación especial, como de haber presenciado una escena antes vivida en un sueño. Tan ambigüa que pese a su crudeza contiene un toque insoslayable de sarcasmo que me produjo una risa rápida y fugaz y se deshizo igual que llegó. Un zorro yace oculto en la hierba y al ser descubierto por el protagonista devorando sus propias entrañas, dice con voz de ultratumba: 'EL CAOS REINA'.

miércoles 10 de junio de 2009

De príncipe a cucaracha

Habrá estado haciendo como que trabajaba porque lo único que tendría en mente sería el almuerzo, las carreras de caballos o algún negocio que tuviera entre manos con el cual demostraría a su familia que sí, que de verdad era valiente.
O a lo mejor no.

A lo mejor, sin ser un trabajólico, lo único que querría sería acabar con el informe aquel y preparar la reunión de la tarde para recordarse a sí mismo que es un valiente.
A lo mejor ninguna de las anteriores.

Tal vez estaba esperando aquel día con tanto horror que cuando golpearon la puerta y vió esos rostros enfurecidos con fotos de Víctor Jara en las manos gritándole asesino, se perdió en el instinto y no supo cómo su cuerpo expresó lo que en lo más hondo pensaba de sí mismo.

“El Príncipe”, como le apodaron sus propias víctimas del Estadio Chile el año ’73 por la soberbia con la que se dirigía a ellos, no parece ser empujado ni golpeado por el grupo de activistas, al menos no en lo que dura la escena en el documental catalán. Sus sinceras piernas lo hicieron retroceder ante la sensación de acorralamiento y, naturalmente, su espalda se pozó sobre el escritorio que tenía justo detrás. Entonces brazos y piernas se sacudieron como si fueran seis u ocho en todas direcciones, aunque cada vez más lento. Su voz repitió constantemente la misma frase que al cabo de unos segundos se vuelve un zumbido histérico.
En cualquier momento una gran suela vendría a reventarlo contra la madera del escritorio que también cedería ante el peso extraordinario del zapato gigante. Tal vez eso quería.

La rabia de los presentes debe haberse duplicado o la compasión los debe haber pasmado: tenían delante al torturador de Víctor Jara, pero también a uno que distaba mucho de estar a la altura de quien alguna vez tuvo en sus manos la vida de un poeta. Lo que tenían delante renegaba de su condición de ser humano y admitía, a zumbidos, estar más cerca de ser insecto.

Luego de cerrar la puerta y salvarse del aplastamiento, acompañado por ese guardia o compañero de oficina, se habrá sentado, habrá bebido agua, se habrá dedicado en cuerpo y alma a recomponer al valiente.

Esa noche, sentado a la mesa, el plato de sopa le habrá sabido a percolado.

lunes 18 de mayo de 2009

Sr. Benedetti:


Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.



Fue intenso; duró poco. Algo queda: un estoicismo, una especie de moral como un castillo en ruinas. Un castillo hecho con claras de huevo. Usted sabe, por eso aún está ahí: usted me ayudó a construirlo. Trajo un puzzle ya armado que era el plano de un castillo formidable. Me enseñó la mezcla, el orden, la disciplina sentimental: había que querer queriendo, había que creer queriendo. No había que saber. Ya sabrían otros.

Pero fue inevitable saber que somos bestias. Que somos animales adiestrados para ciertas tareas (entre otras, el querer) y que hay un mecanismo en forma de espiral que tuerce todos los intentos por verlo todo rojo o todo azul o todo negro. Y el prejuicio, Benedetti. Tiene razón en eso: sus palabras ya formaban parte de un conflicto que quiero olvidar, un guerra que necesitaba acabar para empezar otra, tal vez la misma con otro nombre.

Usted fue el profesor entrañable que reñía y hablaba de amor con la misma ternura, con el mismo tono, con tan similar estilo, que a esa edad prematura era posible confundirlo todo con el amor, incluso el odio, la apatía, el aburrimiento. “Los por qué crecen”; eso, si lo dijo, habrá sido tan bajito que no se lo escuché.

Aunque en ruinas, ahí está el castillo. A él vuelvo de noche y sueño que usted me cuenta cuentos y a sus espaldas nos veo a todos nosotros ya ancianos contándoles historias a otros que somos nosotros mismos en la multiplicación infinita de nuestra necesidad más básica.

La compasión por los personajes, eso también es clara de huevo. Compasión por nosotros mismos, por nuestra inapelable derrota, por nuestros triunfos. Ese sentimiento tan cristiano, Benedetti, usted me lo enseñó de nuevo y lo aprehendí para no vivir pegado a la miseria.

Una última cosita y ya lo dejo en paz: créame que a veces usted me asusta en la oscuridad y que me hago el valiente cuando le repito lo mismo con voz temblorosa: Ya no comulgo, Benedetti.

miércoles 13 de mayo de 2009

¡Al carajo la electrónica!


Según algunos medios de prensa se trata de un nuevo “descubrimiento” estilo Buena Vista Social Club. Es decir, un productor se percata de que en ciertos artistas hay un producto con grandes posibilidades de éxito, los adecúa al mercado, fotos por allí, documental por allá, disco y tenemos a Staff Benda Bilili. Unos fantasmas que siempre han estado allí, pero que hoy son invocados por un medium: el productor belga Vincent Kenis, que ya antes descubrió confundidos con la miseria de El Congo, a Konono Nº1 y Kassai Allstars.

Congoleños, pobres y parapléjicos producto de la polio, los integrantes de esta banda llevan años haciendo música y ayudando a los niños de las calles de Kinshasa enseñándoles el arte de la música y apadrinándolos. Uno de éstos niños se inventó una especie de guitarra con una lata de leche en polvo, un tubo de plástico y un alambre. El sonido que le saca parece de otro planeta.

Los Staff Benda se mueven en bicicletas hechas por ellos mismos que parecen salidas de una obra de la Royale de Lux (¿o es la compañía de teatro la que se ha inspirado en ellos?), verdaderas Harley-Davidsons caseras.

Rumba congoleña, ritmos cubanos y jamaicanos, funk: de los instrumentos raídos y desgastados de la Staff Benda Bilili suena toda la gama del compás africano, recordándonos de dónde viene casi toda la música popular que hoy escuchamos.

El disco se llama Trés trés fort.

Provecho y ¡al carajo la electrónica!



miércoles 29 de abril de 2009

Nietzsche aquijotado

Si bien es cierto que es de la vida, de la experiencia humana, de lo que se alimenta la literatura, no es menos cierto que también sucede al revés. Y a veces generando efectos de gran trascendencia para la humanidad.

Ricardo Piglia narra en su libro Formas breves un descubrimiento muy sabroso que dice haber hecho, a propósito de una escena de la vida de Nietzsche que se considera el punto de inflexión de la historia de la filosofía occidental.

Dice Piglia:

Nietzsche al ver cómo un cochero castigaba brutalmente a un caballo caído se abraza llorando al cuello del animal y lo besa. Fue en Turín, el 3 de enero de 1888, y esa fecha marca, en un sentido, el fin de la filosofía: con ese hecho empieza la llamada locura de Nietzsche que, como el suicidio de Sócrates, es un
acontecimiento inolvidable en la historia de la razón occidental. Lo increíble
es que la escena es una repetición literal de un situación de Crimen y Castigo
de Dostoievski (capítulo 5 de la I parte) en la que Raskólnikov sueña con unos
campesinos borrachos que golpean un caballo hasta matarlo. Dominado por la
compasión, Raskólnikov se abraza al cuello del animal caído y lo besa. Nadie
parece haber reparado en el bovarismo de Nietzsche que repite una escena leída.
(La Teoría del Eterno Retorno puede ser vista como una descripción del efecto de
memoria falsa que produce la literatura).
¿Cuántos hechos desicivos en la historia humana han sido producto de desiciones inspiradas en ficciones? ¿Qué guerras? ¿Cuáles leyes?

Dicen que la era nazi en Alemania fue producto de mentes educadas, cultas, leídas.

Que grande es Cervantes.

jueves 16 de abril de 2009

Padres del estiércol

No les importa la chilenidad entendida como folclor. Prueba de ello es que se llaman a la manera gringa: Fother Muckers. O sea, como si un chileno, queriendo demostrar que sabe decir algo en inglés, le suelta ese improperio a otro después de beberse unas cuantas piscolas. Una vuelta de tuerca al cliché. Sin huir de él, se le utiliza.

Y al decir Fother Muckers es como si se dijera "padres del estiércol". La mierda entendida como abono (muck), como fertilizante, como fango. En lo que parece una curiosa coincidencia (?) con su estilo de adictos al reciclaje, de asiduos del desguace.

El estiércol son todas las melodías rock que permiten que germine toda la música popular. Por eso al escuchar Fother Muckers, con cuatro discos a su haber, da la impresión de que siempre han estado ahí, en una dimensión paralela. Por supuesto, en ellos están Los Beatles, y de éstos el disco Revólver, y de éste la canción Taxman. También está David Bowie y su Ziggy stardust, está Neil Young y su After the gold Rush y, cómo no, está Bob Dylan.

Letras amables y románticas, no en el sentido del amor cortés sino de la fragilidad, de la fugacidad, de lo mínimo y a la vez de lo sublime. Quien ejerza dentro del grupo como letrista y compositor (¿acaso el vocalista Cristóbal Briceño?) tiene el don de la palabra cantada, de la melodía a flor de piel, de la verborrea coherente, de las imágenes sugerentes. Y a la vez, el reciclaje inteligente que hace Fother Muckers de la música más reconocida le permite ofrecer canciones simples, o lo que es lo mismo, canción popular. Música que acompaña y sale en busca de sus oyentes con elegancia y frescura.

Me impresionaron, porque esa facilidad para componer desde la tradición anglosajona en Chile siempre engendró imitaciones gruesas o inteligibles, y sólo a veces, el péndulo ha arrojado resultados cercanos al equilibrio, con autenticidad y sentimiento.

Ese buen hacer artístico está plasmado en vídeo clips producidos y dirigidos por ellos mismos y que vuelven a contar historias, como antes hacían los video clips. Historias sencillas pero cargadas de símbolos relacionados con la juventud, cualquier juventud, lo que hace al vídeo clip, especialmente el de "Aunque todo salió mal", muy cinematográfico. Creo, y esto me reafirma en esa certeza, que el arte es un criterio, una poética, luego una técnica, y como tal es trasladable a cualquier formato. Por eso no me costó ver bien reflejada en el vídeo clip de esta canción la sencilla y a la vez rica poética de Fother Muckers.

El grupo paralelo del vocalista, es también digno de una oreja melómana. Aún más cercano al folk y de factura menos eléctrica, el disco de Los mil jinetes, Andate cabrita, está cargado de sutilezas en los arreglos. Letras y melodías suenan a adolescencia en un pueblo, a juegos entre arboledas, a once con pan con palta.

Esa facilidad tiene un pero, y es que puede confundirse con el caudal, ser arrastrado y correr más rápido hacia el mar, o hacia el olvido, que es lo mismo. Siempre estará por verse el impacto de cierta producción artística en un medio, pero siento que apuesto sobre seguro cuando digo que las melodías de este grupo y más específicamente, las de su vocalista y compositor, estarán presentes en nuestros conciertos privados en las duchas y en las de los que vendrán.



martes 31 de marzo de 2009

"Wolke Neun" y la linda coyuntura

Sucede que la última frase de mi post anterior menciona el narrar como un saber envejecer. Pero sucede también que ese día cumplí años críticos y que días antes vi una de las mejores películas que he visto en mi vida: En el séptimo cielo (Wolke 9, en su versión alemana original).
El director se llama Andreas Dresen y ya había ganado el premio al Mejor guión en el Festival de San Sebastián por el texto de Un verano en Berlín.
Wolken Neun es la historia de Inge, una mujer de sesenta y largos años que decide tener un amante. Werner, su marido de setenta y largos años, es un hombre bueno y apacible, pero Inge siente la necesidad de amar nuevamente y con locura, lo que le acarrea, además del placer, no sólo un fuerte remordimiento sino también sufrir el coste inesperado de su decisión.
No es casualidad que sea Inge, una mujer, la protagonista. La imagen que llevamos encima respecto de los ancianos es especialmente pulcra y esterilizada en el caso de la mujer. Él, aunque deba ser un anciano racional, lleno de experiencia, puede, sin embargo, echar “una canita al aire” sin que sea visto más que como una conducta excéntrica de un viejo con actitud juvenil. Pero una mujer mayor que se deja llevar por un impulso erótico es síntoma de patología o de maldad, es inconcebible.
Sobre esta contradicción, Dresen narra con delicadeza, con sutil crudeza, a partir de un realismo similar al de las narraciones de Chéjov, donde las situaciones, los gestos, expresan mucho más que los diálogos. Las escenas de sexo alcanzan lo sublime a fuerza de naturalidad. Cargadas de errores, jadeos nada eróticos, torpeza, risas y belleza, resignifican la vejez cada vez que como espectador tiendes a compararlas con las que protagonizan jóvenes en la pantalla. Dresen en sus notas de producción dice:
“Siempre me había preguntado porqué a la gente mayor tan solo se les permite, tanto en el cine como en la TV, una visión más sentimental de la vida o historias entre románticas y apacibles de lo que sería un medio despertar a un sentimiento concreto. La gente mayor, aquella que se han arrugado y ha envejecido con dignidad pero que ya no se corresponde con la imagen de la bella y jovial juventud, es simplemente ignorada. No se les conceden grandes emociones, ni ningún tipo de sexualidad”.
Inge no es mala ni está loca, pero tampoco quiere dejar pasar la oportunidad de vivir con intensidad, aunque ello signifique quemar las naves de su matrimonio. Inge está poseída por un amor y la posibilidad de disfrutar la vida, y aunque en ella se libra una cruel batalla, el egoísmo gana terreno difuminando sus límites, disolviendo su carga negativa. Lo que no impide a la culpa ocupar su lugar.
Aquí dejo el trailer que aunque doblado al español pierde bastante, al menos refleja algo del espíritu que envuelve a la película.

Nota: Ya en este blog comenté acerca de un programa de la TV andaluza, a propósito de la vejez. La juventud es una ilusión óptica.